Formación Incompany

Hoy compartimos con vosotros una interesante reflexión de nuestro profesor Carlos López Navaza, en ella trata de hacernos ver cómo se escoge la formación en las empresas, cómo los directivos deciden en qué formar a sus colaboradores, sin muchas veces conocer de primera mano las necesidades de los mismos.

Para intentar establecer algunas premisas básicas sobre la formación que las empresas deben, o dan, a los empleados, veamos una situación real, vivida, hace muchos años, en un ámbito similar: en el de la formación de los jóvenes.

Un cierto día, un director de una importante entidad bancaria, conocido de mi padre, se dirigió a mí. Entidad que, por cierto, ya ha sido rescatada económicamente por el estado, previa intervención de la misma; aunque, en aquel momento, tanto él como sus compañeros se consideraban en la élite del conocimiento financiero y de la dirección de empresas.

El caso es que tenía un hijo de diecisiete años que andaba al límite en la asignatura de matemáticas, por lo que pretendía que yo le diera clase y, si fuera posible, que le inculcase el gusto por la materia. Cabe decir que pretendía que su hijo llegara a ser un gran financiero y, evidentemente, para ello, necesitaba una base sólida.

La conversación transcurrió, más o menos, así:

- Muy bien, Javier – era así como se llamaba –, ¿cuál es el objetivo que quieres conseguir?

- Yo lo que pretendo, como ya te he dicho, es que mi hijo le tome gusto a las matemáticas y, además, que avance. De este modo, el próximo año estará por encima de la media de la clase, y esto le reafirmará su autoestima en esta materia.

- Es un objetivo – le respondí –, muy ambicioso, teniendo en cuenta que además contamos con ¿cuántos días?

- Bueno, yo había pensado en dos días a la semana en junio y julio, pues en agosto nos vamos a la costa.

- ¿Y cuántas horas cada día?

- Yo estimaba que dos al día sería suficiente, si luego le pones algo para que trabaje los otros días.

- Bien, Javier, veo que ya me has considerado como el profesor y que tienes el asunto muy pensado, lo cual está bien. ¿Has avanzado en lo que deberíamos profundizar?

- Hombre, por lo que sé de matemáticas, creo que sería el momento de iniciar las clases de álgebra lineal y cálculo infinitesimal, que son las materias de la carrera.

- Está bien. De todos modos, sin ningún compromiso por mi parte, por el momento, me gustaría hablar con tu hijo y después te daría mi opinión.

- De acuerdo.

A los dos días me reuní con el hijo de Javier que, por cierto, también se llamaba así. Para dar una definición escueta de él, diré que era una persona maravillosa, pero sin chispa, o más bien sin sangre.

Entablamos una conversación intrascendente y, al final, la fui dirigiendo hacia mi objetivo: conocer su nivel de matemáticas. Siempre es preciso construir sobre las bases establecidas.

- ¿Las derivadas cómo te van?

- Regular, las entiendo poco.

- Entonces, de las integrales ni hablamos…

- No.

- ¿Y las ecuaciones de dos incógnitas?

- Ésas sí que me salen. Algunas, pero no todas. Hay algún sistema de resolución, no me acuerdo el nombre, que sí me sale, pero en otros me atasco.

- Muy bien.

Quizás era que ya habían pasado quince días desde la finalización del curso, además había sacado un cinco raspado en la asignatura, pero, en cualquier caso, sus conocimientos de matemáticas eran básicos y escasos.

Llamé a Javier padre, y al día siguiente nos encontramos:

- Hola, Javier. Tienes un hijo maravilloso, súper educado y correctísimo – como ves, amigo lector, siempre hay que dar inputs positivos, sobre todo si es el que te va a contratar y pagar.

- Gracias, Carlos (por fin sabéis mi nombre). Efectivamente es un buen chaval.

- Creo que, entrando ya en materia, es preciso asentar sus conocimientos de matemáticas – como veis, sigo ganándome el encargo – y, a partir de allí, ya será posible ir a metas más amplias. El tiempo que disponemos es escaso, por lo que te sugiero que ésta sea la vía.

Javier se quedó un rato pensativo o, mejor dicho, contrariado, puesto que se había planteado inicialmente otro objetivo y, cambiarlo, cuesta. De todos modos, sí que fue consciente de que aquello era lo más recomendable, lo que había que hacer.

Puede que su amor de padre y, más bien, su adicción a las modas intelectuales, le hubiesen llevado a hacer un diagnóstico equivocado, o incluso a no hacerlo, y a plantear una propuesta totalmente irrealizable.

Javier hijo no tenía ni la actitud ni los conocimientos para seguir otra vía de actuación y, por añadido, el tiempo era muy limitado.

Al final, obviamente, la formación en matemáticas fue la dirigida a asentar conocimientos, mejorar lo que tenía y, quizás, a prepararle para otros retos superiores.

Con esto creo que podemos dar por finalizado este relato.

Todo lo anterior lo podemos pasar al ámbito de la formación empresarial. ¿Qué lecciones debemos extraer del mismo?

Javier padre se corresponde con muchos de los directivos de nuestras empresas (espero equivocarme y que no sean muchos) que buscan la capacitación de sus colaboradores, pero que ellos ya saben lo que necesitan, bien porque han ido a un seminario donde le han hablado de  técnicas novedosas (las de siempre, pero con nombres diferentes y, a poder ser, en inglés), bien porque han leído el último artículo de alguna prestigiosa revista de una Escuela de Negocios (mejor si es americana o inglesa y, en caso de española, de las que suenan).

Javier hijo es el empleado, todo el día dejándose la piel para que la empresa subsista y hacer bien su trabajo, pero que además entiende la formación como un periodo de tiempo en el que no tiene que trabajar (aunque luego éste se vaya acrecentando) y que disfruta pasándolo bien y oyendo a unos profesores que saben mucho, se les entiende poco, pero que son muy amenos y utilizan fenomenalmente el humor. Lo pasamos bien.

Obviamente, todo lo que se nos ha pegado, a los pocos días ya se ha despegado y seguimos igual, o no, un poco más motivados, porque tenemos algún tema de conversación y la empresa nos cuida.

Pero este no es el final, también tenemos que hablar de Carlos, de mí. Queremos ser unos profesores profesionales y enseñar, con el fin de que los alumnos aprendan y les ayude este aprendizaje a ser mejores profesionales, pero la vanidad y, por qué no decirlo, a veces, el negocio, nos puede. Somos humanos.

Motivar a los directivos y, por ende, si se lo vendemos, es que estamos en la cresta de la ola de las nuevas tendencias, los nuevos conocimientos y la mayor cultura; todo ello es un motivo de incrementar nuestra autoestima. Y en los alumnos siempre veremos caras de admiración (debería ser de extrañeza, porque un alto porcentaje de lo que decimos no lo entienden) y, consecuentemente, de rendimiento de pleitesía (Nos harán la pelota). Y nosotros a hincharnos como pavos.

Pero, además, tiene otra circunstancia más material: si nos admiran, si les deslumbramos, están dispuestos a pagar más y, como todos, también tenemos que comer, así que este aspecto tampoco lo olvidamos fácilmente.

Espero y deseo que nos sirva a todos de reflexión, yo procuraré olvidarla pronto, me va en ello mi reputación y mi economía.

Carlos López Navaza

Carlos López Navaza

Doctor Ingeniero Industrial por la Universidad de A Coruña, Ingeniero Industrial por la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Bilbao, licenciado en Ciencias Económicas, Executive MBA y Master en Dirección Técnica. Ha ocupado diversos puestos técnicos y ejecutivos trabajando durante 30 años en Unión Fenosa y en Gas Natural Fenosa. Actualmente es socio-director de Lopez Navaza&Asociados Consultores S.L. y consejero de diversas empresas.

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